GÁRGOLA
Desde esta cornisa la ciudad de noche parece un hormiguero de lucecitas parpadeantes, me gusta venir aquí durante mis madrugadas de insomnio que últimamente son muchas, los pozos de mis ojeras son la prueba, cada día más grises y profundas igual que los dolores que llevo en el alma, esos que ya no me permiten dormir.
Mis pies cuelgan del tejado y una lágrima se me escapa sin siquiera darme cuenta, de pronto mis ojos se convierten en una llave abierta.
-Hueles a mierda, dice una voz como de anciano a mi lado.
Volteo, no hay nadie. Estoy acostumbrada a escuchar voces, mucho más ahora que he dejado los medicamentos, por eso no me inmuto.
-Hueles a mierda rancia, insiste.
-Lárgate,digo, y luego repito mentalmente mi mantra favorito para estos casos: cuando abra los ojos te habrás ido, cuando abra los ojos te habrás ido, cuando-abra-los-ojos-te-habrás-ido
Abro los ojos.
-No me iré a ninguna parte puta loca, porque simplemente vivo aquí, dice la voz.
¿Qué carajo? Oteo en la oscuridad con más curiosidad, mis voces internas no suelen ser tan insistentes. Lo único que hay junto a mi es una gárgola, una figura tallada en piedra que parece una mezcla de murciélago-demonio-lobo con joroba, una escultura toda vieja y horrible.
-Como tú -dice- que no eres precisamente Miss Universo.
La gárgola me habla y además me insulta. Reconozco que en este punto de mi vida ya pocas cosas me asombran, así que no me inmuto y decido seguirle la corriente.
-Anciana tu puta madre, cállate el hocico o te pateo hasta que te estrelles allá abajo contra el piso, para que luego pase un perro y te orine, por metiche. Cierra el pico y déjame llorar a gusto.
-Como cada noche ¿no? cuando vienes aquí a llorar esas pérdidas añejas con las cuales buscas justificar tus lágrimas. Lejos de dar compasión ya empiezas a dar un poco de asco querida, hueles a temas rancios y victimismo. Harías bien en ir a llorar a otro techo, me distraes cada que vienes.
-¿Asco? mis problemas no dan asco, estás invalidando mis emociones y además…
-Si, bla bla bla, el típico discurso, repites lo que te dice la loca de tu psicóloga, esa que te ha estafado por años dándole vueltas al mismo tema sin resolverlo, gracias a eso ya hasta tiene casa nueva y tu vives en este edificio viejo. Perdedora.
-Pinche gárgola de mierda tú qué sabes de dolores si solo eres una piedra, no sé quién te ha dado voz, pero no la estás usando bien.
-Soy materia, y te vale madres cómo siento. No invalides tú mis emociones. La voz me la ha dado el tiempo, y el permiso me lo has dado tú, al venir a interrumpir mis cavilaciones cada noche con tus mierdas.
Habrase visto semejante escena, yo: ojerosa, con pijama rota y deslavada, sentada en la cornisa de la azotea de un edificio viejo, peleándome en la madrugada con una gárgola intentando que valide lo que siento, que me entienda, que me abrace y me diga que todo estará bien, cuando lo único que hace es insultarme, burlarse, hablarme sin permiso y restregarme verdades.
Pero creo que tiene un punto, mis problemas efectivamente ya son rancios. Si, mi psicóloga se ha enriquecido a mis costillas; si, no he avanzado una mierda; si, no conozco el mundo porque vengo a llorar religiosamente cada noche por amores que ya no están; si, estoy desperdiciando vida, tiempo, dinero y lágrimas.
“Hoy voy a cambiar. Revisar bien mis maletas. Y sacar mis sentimientos. Y resentimientos todos. Hacer limpieza al armario. Borrar rencores de antaño”
Escucho la voz de Lupita D´alessio a lo lejos, en el antro de abajo donde les han puesto esa canción a los borrachos que quedan para correrlos.
“Hoy voy a cambiar” si, ¿por qué no? si tengo todo por delante.
Me pongo de pie en la cornisa, me empodero y grito a todo pulmón: HOY VOY A CAMBIAR, SE VAN TODOS A LA MIERDA, MI EX Y MI FAMILIA, MIS DOLORES VIEJOS Y APESTOSOS. Luego simulo apretujar una bolita de papel entre mis manos y lanzarla lejos, para que se la coma la noche, igual que a mis penas.
-Gracias gargolita, le digo.
-You´re welcome, responde.
Lo que sigue pasa muy rápido, en la oscuridad doy un paso en falso y resbalo justo hacia el lado donde no debí haber resbalado, hacia el vacío y el duro cemento que me espera cinco pisos abajo.
Me estampo. Y muero.
Los borrachos del antro salen a verme, puedo verlos porque he salido de mi cuerpo a tiempo para presenciar mi último ridículo en este mundo: estoy tirada en el asfalto con mi piyama roída, rodeada de borrachos, uno incluso se vomita encima mío. Finalmente pasa un perro y si, me mea.
Ahora soy ese tipo de alma en pena que vaga por las noches llorando amargamente porque no alcanzó a saldar sus cuentas en este mundo.
Se me ocurre una idea malévola, y me elevo sin esfuerzo para hacerle compañía a la gárgola por toda la eternidad.
-Hola, le digo.
-Me lleva la chingada, contesta.


Pobre gárgola...
Siempre tienes un “twist” inesperado. Gran historia.