HAMNET
Convertir el duelo en creatividad
“Desde el día de tu nacimiento, Mara, el señor de la muerte hizo una cita contigo y te está esperando en un parque con las piernas cruzadas; se lo toma con calma, sabe que es el único encuentro al que no faltarás”
Hablemos de ausencias y de perder a alguien porque el señor de los muertos pasó a recogerlo cuando tocaba. Hablemos de la espantosa sensación que resulta cuando te percatas de una verdad inquietante: él o ella han muerto, sí, porque la muerte es una verdad absoluta, te ocurrirá a ti, a mi, a todos. A veces preferimos no reconocer lo obvio y continuar flotando en una burbuja aparte donde morir parece una probabilidad lejana que les ocurre a otros, no a tí.
Hasta que te dan la noticia:
“Ha muerto” oyes, pero no escuchas, entras en shock y adviene la negación.
Tu mente comienza a buscar el rastro que dejó el que se fue: crees que te habló después de muerto, que te marcó por teléfono, que lo viste claramente bajar las escaleras con su atuendo favorito. Pero no, ha muerto, y la verdadera percatación te llegará unos días después como un mazazo en la nuca, cuando una tarde reconozcas que es cierto, quien amabas ya no está y jamás volverá a ocupar esa forma, instante preciso en el que el corazón se convierte en una pasa arrugada y gritas, deviene el llanto como cascada, el odio te hace vomitar hasta que te calmas en aparente resignación para instantes después volver a experimentar llanto y odio otra vez, porque el dolor de la pérdida nunca se va, acaso se esconde en las articulaciones y los pliegues de la piel.
Un hijo, hablemos de perder un hijo. El hijo nacido que de pronto ya no está, y el trauma de los padres que fueron forzados a ser testigos de lo que se supone que no debió de haber ocurrido, al menos no en ese orden, porque la biología dicta que ese no es el cauce natural de las cosas.
¿Cómo se vive después de eso?
Ahora hablemos de los hijos no nacidos, esos que fueron un chispazo de vida dentro de una y después se escaparon como ríos entre los muslos. Los rostros que no alcanzamos a conocer, los nombres que no pudimos pronunciar y sin embargo existieron. Fantasmas que nos rondan por la noche y que nos gritan “mamá” con vocecitas desconocidas; aquellos a quienes vivimos pidiéndoles perdón sin saber muy bien por qué.
¿Cómo se vive después de eso?
Cuando no se ha perdido del todo la cordura, lo que sigue es levantarte al día siguiente y comerte el desayuno sin hambre, dormir sin sueño, bañarte sin ganas, existir nomás porque respiras y porque eres demasiado cobarde para dispararte en la sien. Lo que sigue es sobrevivir con la mirada extinta y el cuerpo convertido en guiñapo con ojeras. Lo que sigue es buscar el cochino motivo, un nuevo pretexto, porque la vida es como un guiso sin sal, hay que ponerle sabor y comprarnos esa historia para no volvernos locos.
Y quizá uno de esos días tan incipientes, tan sin ganas, tan sin chiste, se te ocurra agarrar un lápiz y comenzar a rayar un cuaderno nomás porque sí, porque no encuentras qué hacer, porque ya lavaste los platos y los calzones y el puto vacío en el corazón no se calma con nada, ni con el ruido de la música que jamás escuchas.
De pronto el lápiz toma vida propia y escribes cosas, palabras llovidas del corazón que se convierten en frases que forman párrafos, himnos de dolor de un alma que no termina de lanzar reclamos a la nada. Maldita vida, maldita muerte.
Cuando acuerdas ya has escrito hasta que te duelen los dedos. Te lees y parece que eso ha sido escrito por alguien más, no por ti. Observar el dolor plasmado afuera de nosotros nos da otra perspectiva, porque al compartirlo, alguien alzará la mano y dirá “YO TAMBIÉN” y sentirás la resonancia. Entenderás que no te pasó solo a ti, que la vida no se ensañó solo contigo, sino que lo hizo con todos por igual, porque así son las reglas, porque la vida es una perra cabrona y punto.
Y quizá, solo quizá, uno de esos textos tome vida propia y se convierta personaje o en canción, y tu dolor ya no será solo tuyo, le pertenecerá de nuevo al mundo. Y quizá, solo quizá, después de haberte exprimido el dolor hasta los huesos, vuelvas a dormir con sueño y a comer con hambre. Y podrás contar la historia una y mil veces sin llorar (tanto), nomás sintiendo piquetitos en el corazón (porque esos jamás se irán, resígnate). Y estarás listo para la siguiente descarga de dolor, porque esto es la vida, lo has superado, bienvenido al siguiente nivel del juego.



wow, hermoso texto!! que lindo tenerte en el videoclub!!
En mi vida he pasado por varios duelos, el de la partida de mi unica mascota, el de mi abuela, el de mi mejor amigo, el de amores que nunca llegaron y sensaciones románticas que nunca me abandonaron, pero también duelos simbólicos. Para mi la escritura, el arte, ha sido un refugio, no una necesidad de expresar, sino una necesidad constante de entenderme, de entender porque le sigo temiendo tanto a la muerte. Actualmente llevo 15 años trabajando en lo que seria mi primer novela (la cual terminó siendo una saga de 4 libros y algunos spin-off), he pasado por muchas facetas con esta historia. Ingenuidad, idealización, frustración, ni puta idea que estoy haciendo, reinterpretación, compasión, pero lo que mas he sentido últimamente ha sido una completa humildad ante lo que se supone un trabajo de vida y que en ese proceso en retrospectiva me habrá enseñado a vivir. Muchas gracias por tu texto, me ha encantado, de verdad hay tanto que analizar acerca del duelo y la muerte, no por nada buscamos la inmortalidad a través del arte, porque no nos queda de otra. Un gusto leerte, espero verte en próximas ediciones de CineClub de Subtstack (el único y el mejor que no quede duda), un abrazo, así como ha sido leerte. Saludos.