Mar Mioni
Mar Mioni
Santa
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Santa

Una historia creada por dos Santas (Nina Nitroglicerina y yo)

Ese día salí en pijama a la calle. Necesitaba respirar y tragarme las lágrimas después de leer el mensaje, breve, conciso, tajante:

“Santa, terminamos, no me busques más.”

Sentí el ya conocido agujero en el estómago. Esa fuerza que jala las entrañas hasta el fondo de la tierra y te deja con las piernas temblando.

La situación con él terminó mal, muy mal. Yo tenía ganas de sacarle los ojos y freírlos en aceite para luego echarlos al drenaje. Tremendo cabronazo, cobarde, hijo de la grandísima puta.

Para no terminar sacándome los ojos yo misma, me fui al supermercado con la intención de dejarme seducir por el mejor postor, que en este caso fueron muchos botes de helado en oferta.

Aunque también podría haber seducido al cajero, jalarlo del gafete y plantarle un beso enfrente de todos. Luego pagar e irme como si nada, pero no. ¡Imposible! Siempre pienso las cosas, pero no las hago. No en vano mi madre me llamó Santa al nacer.

Así que pagué los helados y reprimí darle un beso al cajero. Me acomodé mi bufanda, mi gorrito y salí al frío.

A mi depresión se le escurría la baba por darme el primer mordisco. Podía olerla, me pisaba los talones, seguida de todo un séquito: a la cabeza el odio y la tristeza.

Camino a casa fue cuando escuché la voz por primera vez:

“Venganzaaaaa…”

Volteé en todas las direcciones, nadie.

“Venganzaaaaaaa….”

Miré a todos lados, pero no vi absolutamente nada. <<Me estoy volviendo loca>> pensé. Acto seguido, me senté en la cuneta, saqué el helado de la bolsa y ahí mismo me lo empecé a zampar.

— Se ve bueno. ¿De qué es?

Me sobresalté al escuchar aquella voz salida de algún lado. Miré sobre mi hombro y en algún momento una chica completamente vestida de negro se había sentado a junto a mi.

Ella me miraba con ojos enormes, pero sin expresión.

— ¿Di… disculpa?

— Te preguntaba de qué es el helado.

— Ah… eh… chocolate.

Volteé la mirada hacia el helado y me llevé a la boca otra cucharada algo avergonzada.

Ella de pronto sacó un porro de su bolsillo y un encendedor.

<<Lo que me faltaba para cerrar el día. Una gótica pacheca que seguramente me pedirá unas monedas>> pensé.

—Perdona, no tengo camb…

—¿Quieres? —me dijo mientras sacaba el porrito de la boca. Ese que acababa de lametear por todos lados. Me lo ofrecía como si nada.

Vino mi madre a mi mente <<Santa, no>> Acto seguido cogí el cigarro y le dí algunas caladas para fanfarronear, deseando que mi mamá pudiera ver esa imagen. Absorbí tanto humo que comencé a toser. Me levanté medio mareada tirando el bote de helado.

Me recargué vomitando toda la comida de hoy, la de ayer y la de todos los ayeres. Vomité la sopa de letras y las milanesas empanizadas que me obligaban a comer de niña.

Vomité odio, putrefacción, lágrimas y groserías.

Me limpié los mocos con la manga de la sudadera, mientras evaluaba los daños: ropa sucia, helado en el piso, vomito en la pared, cara embarrada, ojos llorosos y la compañía de aquella loca vestida de negro. Un cuadro patético que el cajero guapo miraba con ojos de lástima mientras cerraba el supermercado.

–Todo bien amigo, sigue tu camino— le dijo ella al cajero.

Él se fue tan rápido como pudo.

Me dejé caer resbalando por la pared hasta sentarme en el piso. La chica de los ojos enormes se sentó junto a mí.

— Vale, ¿por qué no los matas a todos y ya? — me dijo descuidadamente mirando hacia la nada.

La miré de reojo con cuidado. No sabía si lo que me decía era realmente verdad o si me estaba bromeando. Sentí un escalofrío. De esos que te hacen sentir mareada. Casi vomito de nuevo.

Ella se volteó a verme directamente a los ojos. Con esos ojos que parecía que me leía el alma, hasta lo más sucio que escondía.

— Mátalos a todos. Al novio que te dejó así. Al imbécil de tu jefe. Al cura que te mandó a rezar 10 Padre Nuestro y 10 Ave María por haber soñado con un Jesús musculoso… a tu mamá…

La miré perpleja <<¡¿Cómo sabía lo del Jesús?!>>

De pronto, se echó a reír.

— Ya, ya… me refiero a una muerte… metafórica… te puedo ayudar.

Cerré los ojos y me apreté el hueso de la nariz, una terrible jaqueca se anunciaba.

— Mira, amiga, lo mejor es que…

Pero cuando volví a mirar, la gótica ya no estaba ahí.

<< Lo que me faltaba>> pensé. Además del vómito, ya estaba teniendo alucinaciones. La noche sería perfecta si se sumaba al momento una diarrea.

Mejor emprendí el camino de regreso a casa, me bañé, me puse pijama y me metí a la cama. Demasiadas emociones para un solo día.

Revisé el celular: “Sin mensajes”, “sin llamadas perdidas”.

<< ¡Que se jodan todos entonces!>> pensé. Y me dormí. O al menos lo intenté; empecé a dar vueltas en la cama, a sentir un calor extraño en el cuerpo.

Nunca imaginé que se sintiera tan bien la sensación del cuchillo rebanando carne humana.

Recuerdo gritos,

recuerdo súplicas,

me recuerdo vuelta el diablo,

picando cuellos, pechos, espaldas; sangre en las paredes.

Me recuerdo como un huracán embravecido,

haciendo justicia por mi propia mano, dando alaridos mientras todos iban cayendo como piezas de ajedrez,

uno a uno: la madre, el cura, el jefe, el novio pocos huevos.

Me recuerdo encajando el cuchillo en mi propia piel,

muriendo deliciosa y lentamente.

Disfruté viendo cómo la sangre me abandonaba,

formando pequeños ríos a mi alrededor.

Satisfecha,

me sentía satisfecha.

Casi extasiada,

casi en orgasmo.

empecé a carcajearme.

Me desperté con un regusto metálico en la boca. << Vaya sueño>> pensé.

Tosí y escupí unas gotitas rojas. Me asusté.

Alrededor todo era caos y sangre, mucha sangre: en las sábanas, en las paredes, en mi cuerpo ¡Auch! moverme me dolía.

Me dí cuenta de que tenía una herida enorme en el costado.

Luego vi el cuchillo al pie de la cama. La chica gótica me miraba fijamente desde ahí. Sonreía.

— Se sintió bien, ¿No?

Las cabezas de cada uno sobre el suelo, frente a mi cama. Mirándome mientras sangraba. ¿Sangraba realmente yo?

Caí desmayada o en un estado intermedio entre inconsciencia y sueño.

Escuchaba risas.

De la gótica, mías, del diablo.

¿No era yo el diablo?

¿O era la Santa?

Rezaba frente a un crucifijo,

vestida de blanco,

Tenía la cabeza en mis manos.

La alcé y la iba a besar…

Pero me desperté de golpe.

La cabeza me dolía horrible. Estaba amaneciendo. No había sangre, ni cabezas, ni estaba herida. Me senté en la cama y un mareo repentino se apoderó de mí. Busqué con la vista el papelero y vomité dentro sin pensarlo.

Sentí que abrían las puertas detrás mío.

— ¿Quieres un té?

Me di la vuelta y ahí estaba la gótica con su rostro inexpresivo.

— ¿Qué haces tú aquí?

— El pito te cayó muy mal. Te pusiste a vomitar y delirar. Me dijiste dónde vivías y te traje como pude. Me pediste que me quedara y eso hice.

<<O sea que todo fue un mal sueño>> pensé. Por suerte. Pero en alguna parte seguía la satisfacción de la venganza. De hacer justicia con mis propias manos.

— Disculpa por molestarte y traerte hasta aquí, yo…

—Ya, ya. No pasa nada.

Caminó hasta quedar frente a mí y sin más dijo:

—Lo que yo quiero saber es, por quién empezamos. ¿Tu ex? ¿El jefe? ¿El cura? ¿O tu madre? Vamos, no me mires así. Si en el fondo anhelas vengarte. Aprovecha… puedo ayudarte.

—¿Cómo… ayudarme?

—Fácil, conozco gente que conoce gente y bueno, pueden hacer el trabajo por ti, o ayudarte en lo que necesites, darte impulso.

—Con el sueño ese tan horrible ya he tenido suficiente, ahora voy a irme a trabajar. ¡Fuera! desde que apareciste ayer todo ha sido tan… extraño.

—De acuerdo, no volveré a molestarte, quédate con todo dentro y sácalo de cuando en cuando a través del vómito si te va bien. Dejé pizza en el refrigerador, hasta nunca “Santa”.

“¡Santa… Santaaaa…Santaaaa!”

Me mareé de nuevo y caí en la cama de espaldas en trance…

“¡Santa, Santaaaa, Santaaaaa!”

Vi a mi madre llamándome con ese nombre que repudiaba, regañándome, ajustándome el uniforme.

El sacerdote dándome palmaditas en la mejilla mientras me miraba discretamente las tetas.

El jefe que me usaba de niñera y mandadera, a cambio de descuentos en el supermercado.

El hijo de puta de mi ex, sentado en cualquier putero besándose con cuanto culo se le ponía enfrente…

“¡Santaaaa Santaaaaaa…!”

Voces y rostros viejos arremolinándose sobre mi en forma de fantasmas que se alejaban pero jamás se iban.

Me incorporé, la gótica estaba poniéndose su chamarra.

—Espera, espera, caminemos un poco y mientras me cuentas el plan.


Salí de la ferretería con una pala y cal. Me subí al asiento del copiloto. Al volante, la chica gótica me miró de reojo.

— Hay que revisar la carga —me dijo con la precaución de quien ha hecho ese tipo de viajes mil veces.

Salimos del auto y fuimos hasta atrás. Ella abrió el maletero. Vi la carga con una leve sonrisa.

— Creo que están bien. No creo que se suelten.

—Yo tampoco lo creo.

Desde abajo, maniatados y amordazados: mi madre, mi ex, mi jefe y el cura nos miraban horrorizados.

La gótica cerró el maletero.

— Será un buen fin de semana —dijo calmada.

— ¡Ya lo creo! —contesté.

Arrancó el auto y nos dirigimos hacia la carretera.

FIN.

(O tal vez no)

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