TRAIDORA
Le dio like al niño que te gusta. Traidora. Porque es tu amiga y sabe que te mueres por él, pero llevas las de perder porque ella es más blanca y más culona que tú, vive en mejor zona que tú, en resumen es una belleza hegemónica privilegiada y tú, pues…eres tú.
Escarbas en sus redes sociales y notas que entre ellos han intercambiado más emojis de fueguitos y duraznos de los que podrían considerarse necesarios. Avientas el celular molesta y decepcionada. Luego lo recoges y abres las conversaciones con Santi, relees todos sus pergaminos con declaraciones de amor, risas, corazones y audios interminables tipo podcast donde te dice lo buena que estás y habla de un futuro juntos.
Incluso has recopilado en un archivo las conversaciones más icónicas para el álbum de bodas, porque ya te viste casada, aunque solo llevan un par de semanas charlando pero el tiempo es una experiencia relativa, ya lo dijo ¿quién? no recuerdas, no fuiste a esa clase, pero es claro que tú y Santi se conocen de otras vidas.
“Ola niño (˶ᵔ ᵕ ᵔ˶) textraño”
Tu mensaje recibe un tick gris, lo cual indica que el mensaje fue enviado desde tu corazón, pero jamás recibido, al parecer el receptor está desconectado o lo que es peor, te ha bloqueado, oh-oh. Sudas frío. Imposible. Luego navegas por sus otras redes sociales “Usuario desconocido”. Tragas saliva.
Un último intento desesperado: “El número que usted marcó, no está disponible, por favor, intente más tarde”.
En ese instante una nube oscura se cierne sobre ti, un carrusel de videos y fotos inesperadas se te revelan con una claridad que duele: tu papá que se fue por cigarros y no volvió, tu mamá que trabaja todo el día limpiando casas, tus primas ricas que te desprecian por naca, tus amigas que te desprecian por gorda, tus maestros que te señalan por “burra”, a tu corta edad has recibido más cagada que un baño público. Pero eso se acaba hoy mismo. Porque tu amiga la culona no te va a robar lo único que has comenzado a considerar verdaderamente tuyo: la amistad de Santi, el amor de Santi, el cuerpo de Santi, el futuro con Santi, los hijos con Santi.
Dejas de llorar y recobras la compostura -o eso piensas- porque después de la película que acabas de ver donde tu eres la protagonista de la miseria, el desprecio, la soledad y la falta de amor, se despierta en tu vientre una bestia que te saca humo por la nariz y exige justicia.
Te disfrazas para la misión: jeans y una sudadera enorme con capucha que te cubre la cabeza. En una de las bolsas llevas la pistola que tu madre guarda en un cajón, la tienen a la mano porque viven solas, y se sabe que en esta ciudad eso puede ser problemático.
Ding, dong. Abre tu amiga.
-¿Qué onda?
-¿Podemos hablar?
-¿De qué?
- De Santi, no te hagas pendeja
-Ok
Te sigue hasta las jardineras del condominio donde te confiesa que Santiago y ella son novios desde hace cinco meses pero no te habían dicho “para no lastimarte”. Haces cuentas: él solo lleva dos semanas coqueteando contigo, pero aún así, el tiempo es relativo, Santi es tuyo porque son del mismo signo zodiacal, punto.
Ella te dice que no vuelvas, que no los molestes más, que están juntos y felices, se da la media vuelta y te deja hablando sola. Error.
Porque en ese momento sacas la pistola.
Y disparas.
Te conviertes en la bala que viaja directo hacia su cráneo y lo penetra con sonido sordo “crack”; en un misil que lleva como única misión diseminarse por su cuerpo y destruir cada órgano de ese cuerpo traidor, hacerla pedazos, polvo, nada; ahora te llamas muerte y has cumplido tu misión.
Sales del ensueño, en un segundo se te baja el coraje y la sangre al piso. Bajas el brazo.
Te miras la mano que aún sostiene la pistola y miras a una rubia inerte en el piso. Si, le volaste los sesos; si, fuiste capaz; si, se te metió el diablo y obedeciste a tus impulsos primitivos, chiquilla pendeja. No lo puedes creer, y los vecinos que ya están llamando a la policía, tampoco pueden. Si, tu sueño se hizo realidad, si, ya nadie te quitará el amor de Santi.
El día de la sentencia tu mamá está en una silla llorando, mordiéndose las uñas, mirando a la jueza con actitud implorante. Tú estás en una banquita con uniforme gris, la escena es patética. No hay nadie más. No está Santi. Se te rompe el corazón, tuviste que llegar hasta este punto para enterarte que le importabas tres toneladas de mierda.
El mismo día, a la misma hora Santi está en el Hannah de Acapulco, bailando con un par de rubias, empedándose de lo lindo, al parecer los caballeros las prefieren rubias y no color cartón, como tú.
Una lágrima rueda por tu mejilla. Sororidad fue la palabra que tú y tu amiga jamás escucharon.
“Setenta años por homicidio calificado”.
Bajas la cabeza en actitud resignada. Adiós vida.
Una mano gorda y fría te dirige de regreso a tu celda.
Hasta nunca, bebecita enojona

